Hemos hablado no hace mucho de los extremos de la tesitura.
Vamos a continuar con ello, pues es fundamental para conseguir disfrutar con nuestra voz. Una vez que tenemos correctamente definida nuestra tesitura, nos vamos dando cuenta de
dónde nos cuesta más hacer buen sonido y dónde menos.
En la medida que vamos llegando a los extremos de nuestra tesitura, nos cuesta más cantar y
nuestro color va desapareciendo.
Nuestro cuerpo comienza a experimentar miedo, preocupación etc., en el momento que nos
vamos acercando a las notas más extremas de nuestra tesitura y eso lo traduce en
movimientos de defensa de nuestros órganos en relación a esa sensación de miedo.
Nuestra mandíbula se pondrá rígida, dejaremos de mantener una frecuencia respiratoria
correcta, nuestro corazón aumentará sus pulsaciones y tendremos en el cuerpo más
reacciones normales de este tipo ante un episodio de miedo o preocupación, al que se ve
abocado.
Si consideramos el canto como una de las disciplinas que más independencias requiere de los
órganos que intervienen en su funcionamiento y sabiendo que todas estas independencias
deben estar enfocadas a la relajación de nuestro cuerpo en su gran mayoría, ante un episodio
de miedo, comienza a realizar un funcionamiento contrario.
Debemos ir trabajando estas zonas que nos suelen ser más difíciles de acometer e ir
enseñando a nuestro cuerpo que no va a sufrir en ellas, sino más bien a disfrutar con ellas.
Hay que ganar esas zonas y nunca huir de ellas, pues pertenecen a nuestra tesitura y la
conforman al igual que las notas que nos cuestan menos.
No debemos olvidar nunca que el mayor esfuerzo que debemos realizar en el canto es el de la
relajación, aunque no lo comprendamos durante mucho tiempo, siempre debemos tenerlo
muy presente e intentar ponerlo en práctica.
