En lo referente al aire, siempre debemos hacernos recordatorios constantes.
Siempre estar vigilantes ante nuestra postura y nuestra capacidad respiratoria.
Cuando el alumno ya lleva un tiempo trabajando la voz y tiene unos buenos principios respiratorios, el sonido que va consiguiendo es cada vez mejor y eso conlleva que comience a olvidarse de algunos principios.
Por ejemplo, cuando afrontamos una nota aguda, como hemos dicho con anterioridad en otros artículos, la mente se nos va a la consecución de dicho sonido como sea.
Al afrontar una nota aguda, nos centramos demasiado en cómo suena, y nos vamos olvidando de los pilares donde se asienta ese «cómo suena», que no son otros que el aire, la presión del aire.
Por ello, cuando hay sonidos tenidos, notas extremas, finales largos, debemos hacer hincapié en el alumno para que, al menos y en un principio, en estos lugares, preste mayor atención al aire y a su presión, con lo cual evitaremos daños y el sonido mejorará.
En las demás partes de la canción, seremos más tendentes a mantener un mínimo de presión pues ya nos vamos habituando y lo que requiere la actividad es un tanto menor en cuanto al esfuerzo respiratorio.
Además, al no tener tantas dificultades, nuestra mente puede repartirse mejor las tareas y prestar más atención al aire y su presión.
Reforzar nuestra apertura del tórax en los momentos más difíciles, en cuanto a exigencia de aire y de su presión, nos dará un hábito respiratorio al cantar que aplacará gran cantidad de situaciones nerviosas, de estrés, en las zonas que nos puedan ser más conflictivas, convirtiéndolas en accesibles y con ganas de llegar a ellas por el lucimiento y satisfacción personal que nos pueden aportar.
Es dejar de huir de algo para pasar a disfrutar con ello y hacer disfrutar también a los demás.
Es esta una de las principales diferencias entre un buen cantante y un mal cantante.