Cuando estamos cantando junto a un acompañante, estamos tratando de hacer música junto a otra u otras personas y no somos un solista, por mucho que nos creamos que sí.
En mi opinión y lo he repetido en otras ocasiones, el cantante no es un instrumentista solista, a no ser que cante el solo «a capella» y esto no se suele dar.
He estado revisando un buen trabajo de recopilación realizado y plasmado en un libro que se llama Variazioni-Cadenze-Tradizioni per canto de Luigi Ricci, en una edición de Ricordi.
Tras observar este libro, y poder ver lo que hacían ciertos cantantes con las obras escritas por grandes compositores, solo me queda decir que…algunos cantantes no solo se sentían solistas como instrumentistas, más bien se debían sentir hasta solos en el teatro.
Ya sé, ya, que ahora todas estas «florituras», por llamarlas de alguna manera, no se pueden suprimir, no se pueden dejar de hacer porque… se enfada el público, ya que la tradición manda y es lo que se ha realizado durante muchos años.
Esto significa que confiamos en un compositor para cantar su obra y donde me apetece la cambio, no sé bien si armónicamente es correcto, si tiene sentido con el resto de la obra, si tiene sentido en relación al personaje ¡no! Y qué más da, hago…como dicen los jóvenes, un gorgorito tras otro, sin ton ni son, sin venir a cuento, más que para enseñar mis facultades físicas y el resto… pues como si estuviese solo en el teatro y después ME HAGO APLAUDIR y.… como si continuase yo sólo en el teatro.
Eso sí, ahora cambiamos el vestuario a tiempos actuales, y otras muchas cosas, pero continuamos cantando algunas cosas como hace varios siglos atrás, cosas impuestas sin ningún sentido de la composición y más bien como alarde de facultades físicas…
Pero eso sí, se anuncia que vamos a escuchar la obra de tal compositor… ¿SEGURO?
(Imagen de cabecera: Javier Camarena, tenor, «Conde Almaviva», El Barbero de Sevilla de Rossini, Compañía Nacional de Ópera, Palacio de Bellas Artes, México 2012, Ksarmiento)