Y los «feligreses operísticos«… ¿Porque ven al hábito y no al monje?
Porque quieren.
Pues está claro que en un principio sólo ven el hábito pero como en todo, si uno se centra en el discurso del hábito, pues… podrá descubrir al monje. Una vez descubierto el monje, podemos empezar a ver como es este y si su discurso se nos hace más o menos coherente. Y sobre todo si nos llena o nos aporta y entendemos su mensaje.
El discurso del hábito será un canto desdibujado por lo siguiente: Al intentar crear un color en nuestra voz que no es el nuestro, la voz encara la partitura fuera de su sitio natural, con lo cual ya toda respuesta que esperemos de ella será difícil de controlar.
La zona grave no tendrá profundidad, escasa de sonido pues no tiene apoyo suficiente de aire estará incómoda y esa incomodidad se suplirá pasando «de puntillas» por estas zonas graves.
La parte media donde puede crear y estar el tiempo necesario una voz real de barítono, es donde la voz de hábito no podrá crear nada de belleza ni tan siquiera descansar y menos preparar desde ella una subida o bajada a otras notas, tenderá como en los graves a salir de ella.
Y no digamos los agudos… aun siendo tenor con hábito de barítono, pues… ha tendido a engordar y engolar la voz para intentar crear un color que no es el suyo, ahora le pesa en exceso, aun cuando tiene que subir como unos dos tonos menos de lo que haría en su cuerda real. Con lo cual también trata de huir de este registro y… se pasa la obra o «el sermón» huyendo de la partitura.
Pero como en todo, hay «feligreses operísticos» que o bien desconectan y con haber asistido ya hemos cumplido con las relaciones sociales que nos tocan, o también puede ser que… merezca la pena introducirse en el discurso aunque no entendamos todo, pero… nos quedemos con la esencia del monje.