Comentábamos anteriormente la imposición de una tradición.
Hay diferentes formas de imposición de algo que no está escrito por el autor pero que, por tradición, debido a que su ejecución debió gustar en su día, perduran en el momento.
Continuamos con otra tradición, donde en cierto modo destaca el virtuosismo en la ejecución de un determinado pasaje.
La cuestión de las agilidades o florituras, es un caballo de batalla en el que nos podemos perder.
Ya de entrada, los compositores ponían diferentes formas de ejecutar el pasaje.
Bien, por si fuera poco estas variadas opciones, el intérprete añade unas cuantas más.
Las que añadía el compositor tienen siempre una lógica armónica en relación al resto de la obra y una lógica con los demás factores que influyen en su sonoridad general.
Pero ¡¡¡ay de los “apaños” de ciertos interpretes!!!… estos no tienen lógica ninguna y no hay por donde agarrarlos.
De repente y sin venir a cuento, nos encontramos con un/a cantante haciendo agilidades durante un buen rato, en un momento donde el autor marca ciertas agilidades, que suelen ser la mitad o menos de las que hace el agraciado/a de turno.
Los jóvenes y no tan jóvenes, le llaman a esto “gorgoritos” y siento decir, que no me extraña.
Lo poco gusta y lo mucho cansa.
Y cuando unas agilidades o demás florituras similares están bien realizadas, en el momento adecuado y de la manera que quiere el autor, son bellas.
Cuando comienza a ser un mero ejercicio de demostración de facultades vocales sin venir a cuento, en mi opinión, no me extraña nada que se les llamen “gorgoritos”.
Todo lo anteriormente citado, incluido el artículo anterior, es en relación a cantantes que han intentado hacer más de lo que está puesto en la partitura, evidentemente y en mi opinión, sin que hiciera falta ninguna.
Nos quedan los que, en lugar de poner, quitan partes a la partitura, que ya es el colmo.
Lo trataremos en el siguiente artículo.

